Dos rostros en el teatro de la vida
Publicado: noviembre 21, 2007 Archivado en: Cuentos Deja un comentario »Ella se sentía fuerte y segura de sí misma. El trabajo le representaba desafíos, no dificultades. Sus hijos, una compañía y no una carga. Durante muchos años los había criado con mucho sacrificio, ante la ausencia de su marido. Muchas veces se preguntaba que sería de su vida: si tenía una amante, si se había olvidado de su familia. A pesar de lo desolador que le parecía el panorama, Beatriz siempre encontraba una fuente de energía extra para enfrentar el día a día. Empleados, clientes, proveedores, amigos, familiares, todos ellos formaban parte de su rutina diaria.
La lluvia golpeaba los vidrios del local. Por momentos, en su mente se presentaban recuerdos de una depresión. No tenía demasiado tiempo para esos malos pensamientos, como solía calificarlos ante sus familiares mí¡s íntimos. La perdida de sueño, las pocas ganas de vivir, las angustias de comenzar otro día, todas esas cosas habían quedado atrí¡s. Tal vez, un síntoma pasajero. Tenía la leve sensación que, quizí¡s, este invierno era un momento especial. Otra chance de superar todos sus miedos.
Los meses transcurrieron intensamente. Todo representaba un desafío, pero nunca lograba llegar a la meta. Tampoco le interesaba demasiado, disfrutaba del viaje. Cosía una camisa, pero luego debía preparar la cena. Mientras tanto, aquel programa de manualidades en la televisión le llamo demasiado la atención, mientras sintió olor a quemado. La cena se echó a perder, pero por suerte en media hora aun podía pasar por la rotisería. Dos porciones de pollo relleno al horno, caseros y preparados por la dueña; con quien diariamente iba a yoga por las mañanas.
Se acercaba la primavera, y Beatriz se sentía radiante. No podría creerse omnipotente por una humildad propia de sus orígenes, pero si se sabia con coraje y fuerzas necesarias para enfrentar sus miedos mas íntimos. Se preguntaba si el próximo semestre sería como los anteriores años. ¿Volverían los malos pensamientos? ¿Las angustias la acompañarían durante el desayuno? ¿Las depresiones la tendrían en cama todo el día?
Entraba a una nueva fase, conciente que sus problemas iban mas allí¡ de sus experiencias personales. Ni sus hijos, ni su marido, ni el trabajo. El mundo había cambiado demasiado, y la soledad en la que se sentía sumida era demasiado grande. Tan grande como para hacer insignificante el cariño de quienes la amaban.
Casi resignada, levemente fijó su mirada en la nada. Incapaz de poder reproducir la alegría o felicidad que produce la llegada de la primavera, Beatriz suspiró hondamente y se dispuso a enfrentar sus miedos. Otra vez mí¡s.






